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MI PADRE LLEGA A CASA


    Yo recibí la primera impresión de amor y protección un día en que de pronto llegó a nuestra casa un señor delgado y con barbas que se sentó en una silla baja de anea para estar al lado del fuego y calentarse. Mientras lo atizaba con unas ramas de olivo, me tomó en sus brazos y, acariciándome y abrazándome, empezó a decirme cosas tiernas de amor y cariño. Al lado estaba mi madre, que me decía: “¿Sabes quién es?” 

    Era mi padre, que había vuelto de estar escondido para evitar las persecuciones y otros actos de salvajes de las hordas desatadas del anarco-comunismo. Recuerdo que me besaba y me pinchaba con la barba, pero no me importaba porque a los cinco años estaba recibiendo por primera vez el amor de un padre que desconocía, pues llevaba unos dos años o más sin ver a sus hijos, y yo por eso no le recordaba. 

    Mi padre estaba en Huéneja cuando estalló la guerra incivil tras el levantamiento del ejército contra el desgobierno de la Segunda República y mi pueblo quedó en zona republicana. Al principio los republicanos pusieron en la tienda de mi padre la cooperativa comunista para todo el mundo. Las existencias de la tienda se tenían que entregar sin dinero; bastaba con que trajeran unos vales firmados por los jefes republicanos como justificante de compra y con ese sistema querían que se fuesen reponiendo las mercancías. Pero nadie quería servir existencias si no se pagaba con dinero en metálico. De esa manera fue desapareciendo todo lo que había en la tienda y en la casa: jamones, brazuelos, tocino, azúcar, garbanzos, lentejas, chocolate, arenques, al igual que las panas y demás telas de confección. La tienda quedó totalmente vacía, sólo con los vales de los jefes republicanos. Para colmo empezaron a decir que teníamos las existencias escondidas en el resto de la casa, así que lo registraron todo y rompieron incluso la puerta y cerradura de un armario con las bayonetas de sus fusiles. 

    Al poco tiempo hicieron una leva de ciudadanos, una ya de las penúltimas, para engrosar las fuerzas de infantería del ejército republicano y le tocó a mi padre incorporarse, junto a sus amigos Ceferino y Emilio Rull Casado. Era una quinta de tantas que fueron famosas por llamarse las “quintas del saco”, pues todos los nuevos reclutas tenían que llevar un saco a cuestas lleno con varios panes, tocinos, brazuelos, chorizo, y algunas morcillas, ya que el ejército de la república nos les daría ni rancho que comer ni manta con la que abrigarse.

    Fueron, con estos medios e impedimenta, a parar al campamento militar Álvarez de Sotomayor en Almería, vulgarmente llamado “campamento de Viator”, donde les dieron como armas una escoba a unos y una vara gorda a otros para hacer la instrucción.

     Ceferino y mi padre fueron a la misma compañía del ejército republicano y Emilio Rull a otra y se fueron manteniendo con lo que llevaban en el saco unos diez o doce meses, teniéndolo todo bien guardado y vigilado. Pero cuando aquello se acabó pensaron que para estar allí y morirse de hambre o de otra manera lo mejor sería escaparse, esconderse en las sierras de Almería y esperar aguantando como fuese hasta que acabara aquella guerra incivil y salvaje. Sin embargo los acontecimientos aceleraron aquella intención, pues una buena persona del partido socialista llegó enviado desde Huéneja para comunicarles que procurasen huir cuanto antes, pues el comité de anarquistas del pueblo había confeccionado las listas de los que había que fusilar si se veía que la guerra se estaba perdiendo y la ganaban los nacionales; que entre ellos estaban mi padre, Ceferino y Emilio Rull. Ante aquel aviso, a la noche siguiente, antes de ser de día y que tocasen a diana, se escaparon y se escondieron por los montes desérticos de Almería, donde estuvieron varios días escondidos y sin comer. Cuando les pareció que ya no les buscaban, se fueron acercando a Huéneja y entraron a media noche cada uno en su casa, pero sólo iban Ceferino y mi padre.

    Se precipitó así la necesidad de buscar un escondite. Una familia, que a partir de entonces recibió el apodo de “los Dioses”, les ofreció el pajar de su casa para esconderse y resguardarse de los registros. Lo que hicieron fue lo siguiente: prensaron y colocaron pacientemente toda la paja alrededor de un palo como si fuese un almiar y, una vez bien amontonada, quitaron la del centro con mucho cuidado y construyeron así una especie de cueva profunda donde se escondieron. En caso de registro, dejaban caer la paja de arriba rápidamente y se quedaban enterrados en el hueco del fondo, que era lo suficientemente amplio para respirar durante una media hora como máximo. Mi padre y Ceferino me contaron que varias veces los buscaron los anarquistas clavando las bayonetas bien profundas en la paja para comprobar si había alguien escondido, pero tuvieron la suerte de que nunca pudieron sospechar que estaban en lo más profundo, porque el escondite de paja estaba hecho a la perfección.

    Allí estuvo mi padre durante unos catorce o quince meses, los últimos de la guerra incivil, cuando ya se sospechaba que las fuerzas republicanas perderían la batalla y por ello se fusilaba, según informes, a todos aquellos que no eran de izquierdas o bien que eran apolíticos. Efectivamente, ninguno de los tres era militante político, sólo trabajadores honrados y formales, pero a los anarquistas les gustaba el robo y el crimen y odiaban a todo el que vivía con el fruto de su trabajo.

    Para que pudieran vivir mi madre les iba llevando algo de comer. Iba a por agua a la fuente de los caños de la Chavera y allí se encontraba con la familia de “los Dioses”. Mientras charlaban y llenaban los cantaros, mi madre les daba disimuladamente un paquete con la comida que había podido conseguir; otras veces la metía dentro de la cuartilla de medir la cebada y el trigo, o se marchaba a ver a su cuñada al castillo de Huéneja y, disimuladamente, lo dejaba en el alfeizar de una ventana abierta ex profeso, de donde lo recogerían más tarde. Tenían que actuar así para que nadie sospechase del asunto, pues los delatores estaban por todas partes.

    Después mi padre, sus hermanos y los hijos del general Rada Peral intentaron pasarse a los nacionales en barco desde Almería, pero fueron atrapados, posiblemente porque los delató el propio dueño del barco. Los juzgaron en Almería donde el fiscal pidió su fusilamiento, pero los declararon libres de delito, pues consideraron que toda persona honrada que ve peligrar su vida por los brutales asesinatos en la zona republicana tiene derecho a huir y esconderse. Así lo dijeron en la sentencia, como un principio de ley natural que actúa sobre cualquiera que sea acosado y perseguido sin motivos, lo que demuestra que en los dos bandos que luchaban a muerte podía haber tanto personas honradas y justas como salvajes y asesinas. Parece ser que después tuvieron que volver a esconderse por el mismo método descrito y esperaron a que pasase la guerra, que tardaría tanto tiempo en finalizar.

    Los anarquistas del pueblo rabiaron como demonios al ver que sólo habían conseguido que fusilasen a Emilio Rull Casado, que no quiso huir del campamento de Viator a pesar de las reiteradas peticiones y consejos de mi padre. Se quedó allí el infeliz, pues decía que él no le había hecho mal a nadie ni había intervenido en política y no calibró la maldad de aquellos ni de sus informes desde el pueblo. Casi con toda seguridad lo fusilaron, pues donde él estaba no hubo frente de batalla alguno, y lo hicieron por la lista recibida desde Huéneja, en la que iban incluidos Ceferino, Emilio y mi padre, víctimas de la maldad humana.

Al terminar la contienda mi padre se enteró con gran disgusto de que habían asesinado en Almería a su amigo Emilio. Dejó dos hijos, Emilio y Manolo Rull Lao, que fueron amigos y compañeros de escuela y luego del colegio avemariano del Padre Manjón en Granada. Fueron muy bien atendidos en todo como sobrinos hijos por su tío Don Juan Rull Casado y se hicieron maestros de escuela. Siempre estuvimos juntos en el colegio y en los juegos de nuestra infancia.

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