Ir al contenido principal


                                                               






EL PEREGRINO


Un acontecimiento extraño de aquella época que nos llamaba mucho la atención a los chavales y nos divertía era la llegada de un peregrino que fue varias veces por el pueblo. Para nosotros los chicos, que tantas cosas desconocíamos, aquello era como un teatro de la vida, un entretenimiento nuevo que ver y oír en este mundo perro.

El peregrino solía ser un señor con barbas largas, pues no tendría ni para pelarse. Llevaba un zurrón y una gran cruz colgada del cuello y recorría el pueblo diciendo que iba camino de Santiago para cumplir una gran promesa con el santo o con la cruz de Caravaca[1] en Murcia, donde se veneraba una cruz muy milagrosa: la gente hacía promesa de ir a verla en peregrinación y se ponían mientras tanto un hábito para no olvidarla. Existía entonces la creencia de que si se había prometido la visita y se moría sin hacerla, tenían los familiares que hacer su cumplimiento para que el difunto se pudiera presentar ante Dios y ser juzgado.

Los chicos acudíamos a verle y decíamos: “¡Ha llegado un peregrino!” Le seguíamos con la boca abierta, como un espectáculo nuevo de la vida de entonces, escuchábamos sus cantos y veíamos sus artilugios colgados y las estampas pegadas a su cuerpo de vírgenes milagrosas y de otros santos cristianos. El báculo de peregrino terminaba a veces en una cruz que le servía de bastón y era muy parecido al que han utilizado algunos santos padres papales.

Así empezaba su cante luego de terminar sus explicaciones:

Peregrino, anda el camino
no hagas daño a nadie
más bien pasa hambre
ama al Dios Cristo
come sólo lo que te den
y haz siempre el bien.

     Mientras canturreaba, la gente salía de las casas con pedazos de pan, tocino, morcilla, chorizo u otras viandas alimenticias. Todos le daban de buena fe, ante la ceguera fanática que padece la clase humilde en su formación ética y religiosa, para que el peregrino no pasase hambre y pudiese seguir su santo caminar y cumplir su promesa.

     Ahora me pregunto si era de verdad un peregrino o una forma de mendicidad más prometedora en aquellos tiempos de tremendas hambres de la posguerra. El caso es que el peregrino estuvo en el pueblo varias veces, quizás en el mismo año, porque seguramente tendría muchas promesas que cumplir o más bien para quitarse el hambre. Recuerdo que la cantinela era siempre la misma al igual que su vestimenta, sus barbas bien largas, sus cruces colgadas del pecho, sus estampas milagrosas, sus cintos y su báculo de peregrino.

     Los chicos del pueblo no pensábamos, ni por asomo, que aquello pudiese ser una forma de vivir, de comer o de obtener viandas para la familia famélica; creíamos que era de verdad un peregrino y nadie le preguntaba adónde terminaba su peregrinación. La fe que despertaba en aquellos años era tan absoluta que no recuerdo que ninguno de mis amigos ni yo dudásemos de la auténtica verdad de su canción. Pero ahora, pensando en la situación de hambruna, tan próxima en los niños infantes al Kwashiorkor en aquella España bloqueada y odiada en el mundo, puedo pensar con cierta razón que fue una persona inteligente, un trapero quizás, que creó o inventó aquella forma de vivir tan original y propia del fanatismo español, declarándose peregrino de Dios y de la santa Iglesia propagadora de milagreros para así obtener dádivas de una forma ingeniosa y sin los peligros policiales o delatores que tanto abundaban. De ahí quizás la extraña sonrisa que esbozaban algunos mayores cuando el peregrino entonaba sus cantos; quizás sospechaban, con más experiencia que los chiquillos, que era un truco más de la picaresca española, al estilo de las obras clásicas del “Lazarillo de Tormes” y “el Buscón”. Era una forma de mendigar más limpia y productiva y sin tener que pasar por indigente. El ingenio español en estas cosas es extraordinario.

     El caso es que a nosotros nos gustaba que fuese el peregrino, pues era una variante más del teatro del mundo en que vivíamos entonces y que queríamos conocer para tener una distracción más, corretear por las calles y ver lo que hacía y cantaba; nos llamaba mucho la atención su continuo santiguamiento como si rezase y a continuación su canción de caridad cristiana. Nosotros los chicos, ante aquellos lamentos, íbamos a nuestras casas y le sacábamos pan, morcilla o chorizo. A veces hubo alguien que identificó al peregrino con alguno de los traperos que habían estado en el pueblo años anteriores, pero nosotros los niños no caíamos en esas menudencias.

     Recuerdo que alguno decía: “Bueno, le daremos algo al hombre y que coma”, porque no cabe duda de que en aquellos años de hambres y miseria el ingenio se afilaba y creaba estratagemas para vivir y comer por el método que fuese. Pero lo más importante de la llegada de aquel peregrino era la tremenda fe que infundía en las personas caritativas del pueblo que incluso, aunque no tuviesen nada que comer, le entregaban lo imposible para que un milagro sacase a España de la situación atrasada y llena de injusticias que soportaba con aquella hambruna tan tremenda. Recuerdo que incluso le daban posada gratis. Allí dormía una noche, luego hacía un último recorrido por el pueblo y se marchaba con las alforjas llenas de viandas a otro pueblo a seguir la misma función.

     No recuerdo que el sacerdote Don José Antonio, un auténtico santo, se metiera en la realidad o ficción de esos asuntos, que aquel párroco tan bueno y seguidor de Cristo al pie de la letra dijese nada. Lo que sí es cierto es que por Huéneja no se podía ir a ningún lugar conocido de peregrinación.

     Después, con el tiempo, la economía de España se situó en otro estado de desarrollo, aquellos peregrinos de los pueblos desaparecieron y ya no se supo más de ellos.  

     Y así íbamos pasando la infancia y conociendo el mundo que nos tocó vivir.





[1] Según la tradición, es una reliquia de la cruz en la que Jesucristo fue crucificado y que encontró la emperatriz Santa Elena. Tiene un doble brazo horizontal y otro vertical y se conserva en Murcia.


     

Comentarios

Entradas más populares de este blog

HUÉNEJA, 25 DE MARZO DE 1934           ¿Dónde nació este ser vivo? Yo no sé por mí mismo cómo nací, ni la fecha ni la hora ni dónde estaba antes de nacer; por ahora solo sé que me encontré en este mundo así por las buenas, pero del momento de nacer no tengo ni puñetera idea; todo lo que pueda decir es porque me lo han dicho otras personas, sea verdad o cuento.           Me contaron que nací en un pueblo llamado Huéneja (Granada) y que asistió a mi nacimiento una partera muy experta, ya que en aquellos tiempos no había comadronas profesionales. Que nada más llegar a este mundo me camelé a aquella partera guiñándole un ojo, pues dicen que ya entonces era algo pícaro, aunque yo me imagino que a lo mejor lo que ocurrió fue que nací con cierta astenia del párpado derecho y abría y cerraba el ojo para ir viendo dónde estaba y a qué mundo había llegado, aunque yo no sé si venía de otro,...
MI PADRE LLEGA A CASA     Yo recibí la primera impresión de amor y protección un día en que de pronto llegó a nuestra casa un señor delgado y con barbas que se sentó en una silla baja de anea para estar al lado del fuego y calentarse. Mientras lo atizaba con unas ramas de olivo, me tomó en sus brazos y, acariciándome y abrazándome, empezó a decirme cosas tiernas de amor y cariño. Al lado estaba mi madre, que me decía: “¿Sabes quién es?”      Era mi padre, que había vuelto de estar escondido para evitar las persecuciones y otros actos de salvajes de las hordas desatadas del anarco-comunismo. Recuerdo que me besaba y me pinchaba con la barba, pero no me importaba porque a los cinco años estaba recibiendo por primera vez el amor de un padre que desconocía, pues llevaba unos dos años o más sin ver a sus hijos, y yo por eso no le recordaba.      Mi padre estaba en Huéneja cuando estalló la guerra incivil tras el levantamiento d...