EN LA ESCUELA DE DON JUAN RULL
A esta escuela empezamos a ir con la edad de unos seis años. Ya sabíamos escribir
y sumar, así como leer el Catón[1] bastante bien, aunque no éramos capaces de
interpretar y menos aún de razonar lo que leíamos. La escuela estaba situada en
un semisótano con una puerta fuerte de madera recia dividida en dos partes, que
daba a la Calle Real. Sólo se cerraba la parte de abajo, quedando la media
puerta de arriba abierta para ventilación, aunque tenía una gran ventana con
rejas.
Al
entrar en el colegio saludábamos siempre al señor maestro: “¡Buenos días nos dé Dios, señor maestro!” y, una vez todos dentro
de la escuela y colocados en nuestros pupitres, rezábamos y algunos días
cantábamos el “Cara al sol”. Al
terminar las clases nos despedíamos diciendo: “¡Hasta mañana si Dios quiereeeeeee!”.
En
medio de la habitación escolar había una barra vertical de hierro, una especie
de columna donde jugábamos a subir y bajar haciendo ejercicio, sobre todo
cuando el profesor salía para resolver algún asunto. En aquella barra vertical
teníamos nuestros turnos y ello ocasionaba discusiones y peleas de chicos
(señales debe tener el amigo Juan José de mis uñas), sobre todo con los
gallitos humanos que eran los más mayores, aún inmaduros en cuestiones de orden
y convivencia. Pero esto servía para organizarse y oponerse a los aspirantes a jefes que no respetaban los derechos de los demás.
Tenía
el aula, en la pared central a la izquierda, el retrato del jefe del estado, el
Generalísimo Franco, que había ganado la guerra incivil y todos lo queríamos
como salvador de España; al lado izquierdo estaba el de José Antonio Primo de
Rivera y en el centro un cristo crucificado con el letrero INRI, en la parte
superior de la cruz. De vez en cuando iba un inspector escolar y nos hacía
preguntas, casi siempre sobre la política en aquellos años de 1940.
Los
pupitres de la escuela eran de madera, uno para cada dos alumnos, con asiento
reclinable y dos tableros: el superior estaba inclinado para que escribiéramos
mejor y tenía unos huecos redondos donde se ponían los tinteros, pues entonces
se escribía con tinta y pluma con mango o plumero. En el tablero inferior se
ponían la cartera, los libros y la pizarra. Prácticamente el único libro que
teníamos era la Enciclopedia, un
compendio de todo, desde geografía, historia y religión hasta matemáticas
fundamentales. Daba un saber general, muy resumido pero inteligible y
suficiente.
En
la pared también había un mapa de la península ibérica y otro de Europa. Casi
todos los días dábamos los límites de España como nación, por el norte, sur,
este, y oeste. Luego fuimos estudiando las regiones y las provincias españolas,
como Andalucía, Extremadura, Castilla la Vieja, Castilla la Nueva, Aragón,
Cataluña, Vascongadas, Galicia… y conforme aprendíamos, pasábamos a otros temas
como los ríos, tan rebien señalados en el mapa: Miño, Duero, Tajo, Guadiana,
Guadalquivir, Ebro… y poco a poco sus afluentes más importantes. Tras aquellos
repasos, lo que más nos entusiasmaba era abrir el armario que había a la
izquierda del aula, donde estaban los misterios de la ciencia de entonces: el
microscopio, los cuerpos geométricos, los matraces, los tubos de ensayo, los
portas, las pipetas, una brújula y otra serie de artilugios que me hacen hoy en
día preguntarme quién sería la persona que había dotado a la escuela de todo
ese instrumental. Y pienso que el promotor fue Don Juan Rull, por lo mucho que
le gustaba que experimentáramos con aquello.
Otros
días el maestro nos ponía cuentas de sumar, restar, multiplicar y dividir y, ya
más adelantados, la prueba de los nueve, problemas de interés, raíces cuadradas
y sobre todo de reglas de tres, que a Don Juan le gustaban mucho, con el
sistema de las directas en cruz y las indirectas con la de enfrente.
Cuando
llegaba el momento en que suponía que todos habíamos resuelto el problema en
nuestra pizarra personal, pasábamos a una pizarra grande que estaba en el lado
izquierdo sobre la pared, donde lo íbamos desarrollando hasta llegar a la
solución. Don Juan nos explicaba los pasos y soluciones en aquella pizarra
donde se escribía con una tiza blanca y se borraba con un trapo. Nos regañaba
si no lo hacíamos bien, con un simple tironcillo de oreja, pero con el mayor
cariño y sin hacer daño. Don Juan,
que tenía una gran vocación pedagógica, procuraba que todos aprendiésemos
aunque acabáramos siendo simples obreros o campesinos, para que luego
hiciésemos bien las cuentas de las cosechas y el pique[2] de las remolachas.
A
veces Don Juan nos enviaba a la escuela de su esposa Doña Carmela con una nota
poética y misteriosa escrita en una especie de jeroglífico. Alguna vez pudimos
saber que se refería a la posibilidad de organizar el jueves lardero, que era una excursión anual del colegio al campo si
el tiempo lo permitía. Doña Carmela le contestaba dándole su opinión, y le
decía a su vez que se lo comunicara a los otros maestros como Doña Gloria, que
tenía la escuela en la Plaza de Arriba, y Don Miguel.
La vida de los amigos que tuve en la escuela
empezaba a endurecerse a partir de los diez años, pues los padres los sacaban
del colegio y los mandaban a arar con los mulos y a realizar todas las faenas. Aquella
juventud adquirió una dureza vital tremenda: a las tres de la mañana se
levantaban a darle el pienso a los animales y a las seis ya salían hacia el
campo. Los jóvenes muleros eran
aprendices de cuidar a los mulos y los caballos, a los que ponían la comida y
el agua. Era su primera colocación, y de esta forma aprendían a arar y a echar
una obrada.
Don
Juan fue un hombre ejemplar en su forma de vivir y en su vida particular. Junto
con mis padres, ha sido la persona que más he admirado como ejemplo y modelo
profesional. Nunca nos habló de la guerra incivil, pero después supe que los
anarquistas le habían asesinado a su hermano Emilio, gran persona, muy noble y
amigo de mi padre, cuando estaban perdiendo la guerra. Siguiendo su código de conducta moral, supe que se negó a firmar contra los vencidos para
cárceles y fusilamientos, pues su opinión era que la justicia debía de actuar
dignamente. Nunca se vengó de nadie ni nos habló de aquella desgracia en su
familia. Todo esto me lo contó mi padre en aquella época por saberlo con
exactitud, pues Don Juan era un gran amigo suyo. Yo solía conversar con mi
padre cuando estábamos en el campo, trillando en las eras o de camino a los mercados con el ganado.


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