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MI PRIMERA ESCUELA



 Mi primera escuela fue la de párvulos, que entonces se llamaba de “los cagones”. La maestra era Doña Carmela Góngora Ortiz, una estupenda profesora casada con Don Juan Rull Casado, que luego sería mi último maestro en el pueblo.

      La escuela de Doña Carmela estaba en un piso alto con bastantes escaleras y tenía un enorme balcón lleno de macetas con muchas flores que ella cuidaba con esmero.

 De Doña Carmela Góngora recuerdo estupendamente cómo se subía al estrado de madera, donde tenía su sillón y una mesa grande llena de objetos, mientras nos hacía callar a todos, aquella chiquillería tan joven y traviesa. A esas edades prácticamente no se hacía nada en los colegios, básicamente la maestra nos entretenía, pero muy pedagógicamente, para que aprendiéramos los nombres de las cosas conforme las levantaba con la mano: nos enseñaba una llave y todos gritábamos: “Eso es una llave, señorita profesora”. Después nos enseñaba otro objeto, como por ejemplo una flor, y gritábamos al unísono: “Eso es una flor, señorita profesora”, otras veces una maceta, etc.

 Después, conforme avanzábamos en conocimientos, nos ponía las letras del alfabeto castellano en nuestra pizarra[1] con su pizarrín[2] de grafito. Nosotros las íbamos copiando una a una y la llenábamos hasta completar toda la superficie. Luego nos llamaba a su mesa, tomaba nuestra mano y la guiaba para que mejorásemos la letra mientras nos daba explicaciones amablemente: “Mira, pequeño, la A se hace así, con dos palitos que se ladean y se juntan arriba, luego pones esta raya entre las dos y ya la tienes”. Luego explicaba la E: “Mira cómo yo la hago: una raya de arriba abajo y luego estos tres palitos, uno arriba, uno en medio, y otro al final y ya tienes la E”. Después la I, que llamábamos “la letra del puntito arriba”, luego la O, que en principio los chicos llamábamos “el chorrondel”, hasta que Doña Carmela con paciencia nos enseñó que era la letra O. Y así todos los días hasta aprender el abecedario entero, que cantábamos en coro mientras Doña Carmela iba señalando las letras con el punzón. Nosotros gritábamos: A, B, C, D, E, F, G, H, I, J, K, L, M, N… dando voces y formando un escándalo tremendo, pero terminando por aprender con aquel magnífico método pedagógico.

 Y exactamente igual pasaba otros días con los números del 1 al 10, que copiábamos en fila debajo de lo escrito por Doña Carmela. Para distraernos enseñando, tanto las letras como los números los cantábamos todos a la vez a voz en grito, y aunque éramos tan pequeños, aquel escándalo que formábamos se sentía desde la calle. Y Doña Carmela disfrutaba y se sonreía al ver que no éramos muy malos alumnos.

 Todo el que pasaba por la Calle Real sentía el griterío de letras o de números y se paraba a escuchar: “¡Ya está Doña Carmela enseñando a nuestros niños!”.

 Luego, ya más avanzados, empezamos las llamadas “muestras”, que eran palabras completas que copiábamos debajo de la letra de caligrafía de Doña Carmela hasta llenar la pizarra.

 Y cuando ya sabíamos los números y las letras, todos en coro empezábamos a sumar: “1 más 1 son 2, 2 más 2 son 4, 4 más 4 son 8, 8 más 8 son 16”, etc. mientras la maestra dirigía nuestro cante aritmético con una batuta, igual que los grandes directores de orquesta o lo que los médicos llamamos el “pace maker”, o sea el gran sabio que dirige toda la orquesta misteriosa de la existencia.

 Doña Carmela era una gran maestra que nos enseñó muchísimo. Nos preguntaba sobre el mapa de España y sus fronteras, nos ponía cuentas, nos enseñaba la tabla de multiplicar que cantábamos todos a coro, al igual que la numeración del uno al cien. Y son inolvidables aquellas lecturas de clásicos que después haría también Don Juan, en libros sencillos de comprender, de los que, parando la lectura, nos preguntaba su significado y nos hacía interpretar en lenguaje más “huenijero” y popular, para que viésemos la buena gramática castellana del idioma español, uno de los más musicales y completos para narración y poesía del mundo.

      Luego pasábamos a unas libretas con rayas horizontales donde nos ponía como deberes del día alguna frase con muy buena caligrafía, para que la copiásemos debajo, renglón por renglón, hasta el final de la página.

     A la escuela de Doña Carmela íbamos juntos los niños y las niñas y todos la llamábamos “maestra”, título de honor, pues era el mismo que usaron los discípulos para dirigirse al hijo de Dios, preguntándole: “Maestro, ¿qué he de hacer para ser bueno?”.

    Al entrar la maestra en la escuela aprendimos a ponernos todos en pie como símbolo de agradecimiento, obediencia y cariño a quien te estaba enseñando para defenderte en esta vida de la mejor forma posible. Siempre se rezaba antes de empezar las clases, y al despedirnos aprendimos a decir: “¡Hasta mañana si Dios quiere!”. Y salíamos todos corriendo hacia nuestra casa en busca de la merendilla, normalmente pan con sobrasada, y si faltaba, pan casero con un terroncito de azúcar. 

      Durante el día teníamos grandes recreos, en general en la Plaza grande de Arriba, donde jugábamos a la rayuela, a la deana[3] o simplemente a correr. Los maestros nos vigilaban continuamente cuando salíamos y al llegar la hora volvíamos a clase para seguir con las tareas. Recuerdo que algunos, ya con tres y cuatro años, iban en los recreos a la casa y las madres les daban teta detrás de la puerta, pues entonces la lactancia podía durar hasta los cuatro y cinco años de edad. También les daban unas galletas, para seguir comiendo con ellas en el bolsillo.

     En aquellos tiempos cada cual iba al colegio como podía. No había uniformes ni nada parecido, todas las ropas iban remendadas tres o cuatro veces y aquello no ocasionaba desprecio ni complejo alguno. En las escuelas de entonces no había servicios ni nada de lo moderno de ahora; si alguno quería salir se lo decía al maestro y se llegaba a su casa o al río. Cuando estábamos en la escuela de los cagones ya íbamos preparados de casa para todas las contingencias propias de la edad infantil.
  
     Había un día o dos en que salíamos antes de la escuela para ir a la iglesia a aprender el catecismo con el párroco Don José Antonio, que nos enseñaba el padrenuestro (el antiguo, no el de ahora), y otras oraciones. Este sacerdote era un auténtico santo que consideraba bueno a todo el mundo y trataba a todos cristianamente. Durante la guerra incivil, la gente le defendió y los anarquistas que vinieron de fuera del pueblo no pudieron fusilarle. Como auxiliaba a los pobres y no se metía en política, las beatas fascistas le acusaron de comunista, pero el pueblo le defendió, pues no era cierto lo que decían. La doctrina que enseñaba era igual para los niños de todas las clases sociales y a cada uno nos regalaba el catecismo Ripalda, para que lo leyésemos en la casa y lo fuésemos aprendiendo y practicando. Luego nos dirigía unas palabras para que tuviésemos caridad con todos los hermanos, nos recomendaba que no nos peleásemos nunca y que dedicásemos nuestra vida a hacer el bien.

     Recuerdo que siempre cantábamos aquello de:

Vamos niños al sagrario
que Jesús llorando está
pero en viendo tantos niños
muy contento se pondrá.
No llores, Jesús, no llores,
que los niños de este pueblo
te queremos consolar.

Aquella educación infantil en la iglesia era maravillosa, pues nos inculcaba el respeto a los padres, abuelos, vecinos, amigos, compañeros y a todo ser humano con el que conviviéramos.  

De la iglesia salíamos siempre con algún cántico religioso y al despedirnos besábamos la mano del sacerdote, que luego nos la pasaba por el pelo de la cabeza mientras nos decía que fuésemos buenos, educados, estudiosos y caritativos.  

Y así progresábamos en números, letras, frases, cuentas y conocimiento de objetos, crecíamos en edad y en saber y empezábamos a leer, preparándonos para estudiar la Enciclopedia, ese compendio maravilloso de todas las ciencias naturales, religiosas e históricas.

Pero yo, con siete u ocho años, también conocí el arte y la grandeza de ese idioma universal que es la música, pues Doña Carmela tocaba el piano estupendamente. En los veranos abría el balcón que daba a la Calle Real y aquellos sonidos artísticos y acompasados llegaban a mis oídos como algo celestial: era la música de Chopin, Falla, Albéniz, Turina, Tchaikovski, Mendelssohn, Beethoven, Mozart, etc. En aquella época yo desconocía a aquellos grandes genios de la humanidad, pero las extraordinarias melodías que salían de casa de mi maestra me llenaban de entusiasmo.

Recuerdo aquellos conciertos tan extraordinarios, sobre todo en verano y por la noche, pues apenas los oía desde mi casa salía corriendo a sentarme frente al balcón de mis maestros, en el tranco de Amador, el vecino de enfrente.

Muchas veces estaba yo allí mientras la gente pasaba y me preguntaba: “¿Qué haces ahí solo, Eliseo?”, y yo les decía: “¿Pero no oís algo maravilloso y divino? ¡Callaos y escuchad!”. Así conseguía que no hubiese un vecino de la calle que no se quedara en silencio total ensimismado. Cuando sonaba el piano, todo era reflexión y sosiego para no perderse una nota de aquellos sones que deleitaban el alma. Creo que era melómano.

Aquello se quedó dentro de mí de tal manera que he sentido desde entonces pasión por la música clásica, habiendo intentado aprender a tocar algún instrumento como el piano o la guitarra sin que haya sido posible, sobre todo por no tener condiciones para ello.

Mi afición musical empezó así muy pronto, por aquel piano que llegaba hasta mi casa y que yo escuchaba incluso estando ya acostado en la cama, pues teníamos una ventana que daba al callejón por donde el viento nos comunicaba las notas acompasadas que salían de las manos y el movimiento artístico de los dedos de Doña Carmela.

El arte de sus melodías lo tengo en lo más profundo de mi ser, como una maravilla de la creación. ¿Cómo olvidar aquellas ondas sonoras, armoniosas y celestiales que llegaban cuando ya se había apagado la luz eléctrica racionada y sólo quedaba el reflejo de la luna llena, mientras tomabas aquel fresquito que llegaba de la Sierra Nevada?

    Y así fue como Doña Carmela grabó en mí esos pasos melodiosos del universo, mientras escuchaba sus conciertos de piano sentado frente a su balcón, totalmente ensimismado y lleno de alegría por sentir tan cercana la belleza de todo lo que Dios ha creado para nuestra felicidad.

     Ahora, cuando cierro los ojos, aparece en la memoria mi pueblo, Huéneja, la Calle Real en verano y acto seguido aquellos momentos de arte divino. Mientras escribo estos recuerdos inolvidables estoy escuchando dentro de mi ser aquellas mismas melodías que llenaban mi casa y la calle de sonidos maravillosos.

     La condición humana, a pesar de la enorme carga genética, sólo se puede modificar para el bien durante la infancia. Ese ambiente de formación humana lo tuve, además de en la casa paternal, en la primera escuela que pisé con todo agrado y que dirigía aquella distinguida señora que era mi maestra. Hoy día me doy cuenta de la importancia tan grande que tienen el entorno infantil, la educación de los buenos maestros, la formación en el trabajo de tus padres y lo maravilloso del arte, que en mi caso tuve la suerte de tener tan cerca, en casa de Doña Carmela.

     Recuerdo que un estudiante sevillano de los que veraneaban en Huéneja, en el camino de las Once Casas junto al huerto de mi tía Teresa Aznarte, decía aquella frase que aprendí por aquel entonces: “La poesía se eleva a una vaguedad sentimental, a un mundo recóndito y misterioso donde la luz de la luna palidece y los pinos de la sierra enmudecen al oír estas melodías que nadie ha escuchado más que en Huéneja, cuando salen del balcón de Don Juan y Doña Carmela”.

Y así va pasando la vida, pero hay que vivir del recuerdo y del amor a aquellos que nos quisieron desinteresadamente y fueron nuestros grandes pedagogos cuando aún no estábamos maduros y nuestra formación era tan necesaria para este mundo cambiante y revolucionario. Nos queda la esencia fundamental que nos inculcaron nuestros padres y aquellos dos grandes maestros, Doña Carmela Góngora y Don Juan Rull.




[1] Las pizarras individuales tenían un marco y un ojal al que se enganchaba una cuerda con un trapo para borrar con la ayuda de un poco de saliva.
[2] Lápiz o barra de grafito.
[3] Es un juego que consiste en saltar a otro que se agacha.


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