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LAS CHUCHES DE AQUELLOS TIEMPOS

 

En aquellos tiempos no había quioscos ni nada parecido en los pueblos como Huéneja; se vendían sólo caramelos en algunas tiendas y nada más.

Pero había una chuche que estimábamos mucho a la vez que alimentaba, y eran los garbanzos tostados. 

La técnica del tostado la desconozco, pues en Huéneja sólo había una señora, una viuda que vivía en el barrio de las Once Casas, que la conocía a la perfección y a la que todos los chicos del pueblo conocíamos como “la señora de los garbanzos tostados”. Parece ser que su técnica de elaboración consistía en meter los garbanzos en agua caliente una noche y luego tostarlos con una solución cálcica que depositaba una capa blanca alrededor de cada garbanzo.

Lo bueno para los chicos era que aquello no necesitaba dinero alguno, que de todas formas no había. La compra o intercambio nos resultaba muy cómoda y se hacía de la siguiente manera: nosotros, en nuestra propia casa, nos llenábamos el bolsillo de garbanzos crudos de la cosecha que se tenía en sacos o en seras de esparto, y así con el bolsillo lleno íbamos a casa de la señora y hacíamos el cambio como se describe a continuación: la mujer tenía unas medidas, una especie de celemines pequeños, para medir todas las cantidades. Medía primero los garbanzos crudos que íbamos sacando del bolsillo, los vaciaba en su saco y a continuación nos entregaba la  misma medida de garbanzos tostados. La ganancia, pues, de la señora con este pequeño negocio consistía en que los garbanzos que te daba ya tostados eran menos de los que nosotros le habíamos dado, porque los suyos habían aumentado de volumen al haberlos tenido toda la noche en remojo. Esa diferencia de tamaño le debía de dejar una ganancia de más de un cincuenta por ciento.

La señora conocía perfectamente su negocio, pues sabía amontonar bien los que nosotros le llevábamos, colocándolos cuidadosamente en aquellas medidas pequeñas hasta que formaban una gran pirámide por encima del cubo. Pero luego sus garbanzos, ya tostados, nos los medía a toda velocidad y los echaba de tal forma que se amontonasen lo menos posible y que se cayesen fuera los que rebosaban. Si intentabas intervenir en la medida para conseguir unos garbanzos más te daba un manotazo en la mano con la correspondiente imprecación amenazadora.

Con eso y todo, aquellos garbanzos estaban deliciosos.

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